Llega la primavera, con su habitual estallido de color, se respira en el ambiente. Todo invita al amor, el aire que respiramos, el azul del cielo, el verde de los prados, las amapolas con su color, el olor a hierba fresca, las tormentas del anochecer.
Y en uno de estos días, surge de la nada un gran amor, sientes dentro de ti las mariposillas revoloteando, que no te dejan respirar, que apenas puedes dormir, que te quitan el apetito y hacen que estés colgado de una nube en todo momento.
Te sientes vivo, lleno de energía y con ganas de todo y cuando cruzas la mirada con esa persona amada, las mariposillas no paran de revolotear.
Pero como cada primavera, todo tiende a un final y por mucho que lo intentes, no consigues evitar que tus mariposillas rebeldes, se marchen sin piedad.
Solo nos queda el recuerdo, que se difumina y se pierde.
Nos caemos de la nube y ya nada parece igual, solo sabemos un cosa.
Que las mariposillas dejaron de bailar.
Benditas Mariposillas......


